Ecologismo

Dentro de los motivos que nos podemos encontrar para rechazar el veganismo hay uno que es necesario tratar aparte por sus implicaciones y porque tiende a confundirse con él cuando no se ha profundizado lo suficiente en la materia.

Estamos hablando del ecologismo. Si bien lo que se entiende por tal término puede variar significativamente según quien lo aplique, aquí lo usaremos como lo define el Diccionario de la lengua española: defensa de la naturaleza1.

Tampoco hablaremos de veganismo sino del movimiento que lo defiende, el denominado Movimiento por los derechos de los animales o animalismo. Esto es necesario para poder hacer una comparación correcta con el ecologismo.

Por último, y antes de pasar ya a las argumentaciones, hay que señalar que el animalismo no defiende que el medio ambiente no deba ser conservado, que no debamos poner límites a la contaminación o desarrollar una sociedad sostenible. El animalismo lo que hace es señalar a quiénes tenemos que considerar, que son los animales, y además de modo individual, no como especie o sujetos de un hábitat determinado. A partir de que tengamos esa consideración, será necesario luchar por todo aquello que repercuta en los intereses de los mismos.

Bases de la ideología

Hay que empezar señalando que, mientras que el animalismo se basa en la aplicación de unos principios morales, el ecologismo carece de tales principios, o son muy subjetivos de la persona que los propugna.

En el animalismo el principio rector es claro y universal: hay que considerar a todos los seres vivos con capacidad de sufrir y disfrutar, y en función de esas dos mismas características, no en función de la especie a la que pertenezcan. Y, con ello, aplicar nuestra moral de justicia, protección, etc.

En el ecologismo, por el contrario, se defiende que lo que hay que considerar es la naturaleza porque de ella emana todo lo demás. El primer problema surge de que no se define hasta donde hay que considerar la naturaleza. Y no lo hace porque entra en conflicto con la existencia de la civilización. Así, el límite de consideración es subjetivo del que lo aplica. Y el segundo problema es dotar a la naturaleza de valor intrínseco y rector de la actuación humana.

¿Quién o qué ha de ser considerado?

Decíamos que es un problema dotar a la naturaleza de valor intrínseco. Y lo es porque quien tiene valor son los seres sintientes, aquellos que tienen capacidad de sufrir o disfrutar. Este pensamiento puede ser juzgado inapropiadamente por prejuicios. Imaginemos un hábitat donde no hay vida animal; sí tenemos material inerte, vegetales, hongos, bacterias, etc. ¿Este hábitat tiene valor? Si desapareciera, ¿habría alguien que sufriría por ello? Podríamos responder que nosotros (quizás porque nos parece bello y lamentaríamos su pérdida), pero ¿y si no supiéramos de su existencia?

Ahora pensemos en ese hábitat pero con animales. La conclusión es clara: son los animales los que han de ser considerados, no el hábitat o la naturaleza.

Podemos pensar que el hábitat ha de ser considerado porque sin él no podrían vivir los animales, pero esto no es cierto. Nosotros no vivimos en un hábitat natural, y muchos animales que habitan en las ciudades tampoco. Incluso fuera de ellas existe vida animal en ambientes modificados por los humanos. De hecho si pudiéramos crear un hábitat artificial, donde siguieran viviendo los mismos animales que en uno animal, no habría problema por que son ellos los que tenemos que considerar.

Confusión de fines

Un problema que se suele presentar relacionado con el ecologismo es tender a pensar que el fin que persigue es el mismo que el animalismo. Y esto es falso. De hecho, no solo el fin no es el mismo sino que ambas posiciones chocan frontalmente en multitud de ocasiones. Por poner unos ejemplos, el ecologismo es partidario de la erradicación de especies no autóctonas por poner en peligro el hábitat (erradicación, en este caso, equivale a eliminación o asesinato); también lucha por la vida de animales en peligro de extinción pero si, por el contrario, estos suponen una plaga, de nuevo nos encontramos con que proponen la erradicación. Estos planteamientos no se pueden dar nunca si somos consecuentes con nuestra moral y rechazamos el especismo.

Por lo tanto los fines son bien distintos. Para el ecologismo lo es la conservación de hábitats, para el veganismo el respetar los intereses de los seres sintientes.

Naturaleza como valor moral

Un paso más allá en cuanto al conflicto que surge entre ambas posiciones es considerar, por parte del ecologismo, que la naturaleza es un valor rector moral; que nuestras actuaciones con respecto a ella han de dirigirse hacia su mantenimiento porque tiene un valor intrínseco de superioridad (de moral, de justicia, de sabiduría, etc). Lo cierto es que este planteamiento nos lleva casi al de una religión, la sumisión ante un ente bajo unas normas que no tienen por qué tener relación con los valores con los que construimos nuestra civilización (como sucede exactamente en este caso). Suele ocurrir, además, que quien predica esta superioridad de la naturaleza no se rige bajo sus normas; al contrario, se encuentra bajo el amparo que le proporciona la sociedad humana.

Nuestros valores morales no surgen de la naturaleza. Cuando realizamos leyes no lo hacemos en base a si es natural o no, sino si es conforme a nuestra ética y moral. No proporcionamos sanidad universal para los humanos porque sea natural (no lo es, desde luego) sino porque es justo. Igual que no castigamos el robo porque no sea natural (cuando sí lo es).

De hecho la naturaleza no tiene valores morales ni sistema de justicia. Lo que ocurre en ella es producto de una serie de casualidades y acontecimientos fortuitos y puntuales que lo único que la confieren es estabilidad, pero nada más.

Por lo tanto, que algo sea natural no es relevante para el planteamiento ético de una actuación.

La vida en la naturaleza

Tendemos a idealizar la naturaleza. Pensamos que en ella los animales llevan vidas placenteras y que es el ser humano el que destruye eso. Pero si pensamos así, ¿por qué nosotros mismos no queremos vivir de ese modo natural? Porque la naturaleza es cruel, terriblemente cruel. En ella, tenemos muchas más posibilidades de sufrir que de disfrutar; y eso en el mejor de los casos. La mayor parte de los animales que nacen mueren de inanición, siendo esa su única experiencia en la vida.

Pensemos en la capacidad reproductiva de la mayor parte de los animales, suele ser muy elevada. Sin embargo las poblaciones tienden a permanecer estables. Si un macho y una hembra son capaces de tener una descendencia contable por decenas a lo largo de un año, pero el número de individuos total permanece invariable tras ese año, el destino de la gran mayoría de esa descendencia no podemos suponerlo como algo deseable.

Usualmente se enseña que el ciclo de la vida en la naturaleza es el de nacer, crecer, reproducirse y morir. Pero para la gran mayoría de animales se limita a nacer y morir. Algunos con más suerte pueden desarrollar una pequeña parte del crecer. Esta justicia natural no la aceptamos para los humanos, si queremos evitar el especismo tampoco lo podemos hacer para el resto de animales.

Todo esto no lleva sino a dotar de más argumentos al animalismo frente al ecologismo.

Animales ecológicos

Por último, nos gustaría hablar de la explotación de animales bajo sellos ecológicos. Como hemos visto, el término ecológico no tiene ninguna relevancia moral, luego que un animal sea explotado bajo condiciones ecológicas o no tampoco la tiene.

Mucha gente piensa que los animales de producción ecológica son sometidos a un buen trato. Pero lo cierto es que la normativa que regula este tipo de explotaciones no habla sobre el trato que recibirán los animales. Habla sobre su alimentación, su mantenimiento veterinario, las características de la instalación donde esté, etc. Pero no dice que haya que ser amables con los animales, que no haya que mandarlos al matadero porque ya no sean rentables o que no se les robe a sus hijos.

Una parte importante del sufrimiento que padecen los animales en su explotación es inherente a ella, por lo que no se reduce, y mucho menos elimina, en la explotación ecológica. A modo de ejemplo diremos que los mataderos y su transporte es siempre el mismo para cualquier tipo de explotación, y lo mismo sucede con la producción de cría de animales (las gallinas ponedoras se compran en los mismos criaderos, y en ellos igualmente se descartan -se asesinan- los pollos machos independientemente del destino de las hembras).

Los animales de explotación ecológica siguen padeciendo el especismo. Y no se les considera como seres sintientes, siguen siendo productos comerciales, luego su vida -y sufrimiento- siempre estará ligada a los beneficios económicos.

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